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miércoles, 27 de enero de 2016

Túnel



Había estado mal el día en la bolsa, botando el 10 % del capital en una jugada infantil, apresurada y  poco estudiada. Estaba tragando minutos frente al computador viendo su error, como un artista que mira su obra, pero esta vez no contemplaba aquel hecho como una obra maestra, sino como la más grande de las meteduras de pata. 10 % no es mucho, pero si le agregas el 50% perdido días atrás la cosa era grave.

Como si fuera poco, el día en el trabajo no iba especialmente bien. La bolsa era solo una forma de garantizar un extra. Pero hasta ahora estaba siendo un gran hoyo en el fondo de su billetera, con fluido directo de su dinero a un tal “tipo” llamado mercado; ese hombre malvado que se roba todo, ese incomprendido de muchos, odiado por una masa, amado por un puñado. No había tampoco nada particularmente malo en el día, alguna que otra lentitud en la red, un par de caídas del servidor y un atorrante compañero que se creía el alma de la fiesta. Ese tipo de personas que se sienten obligadas a realizar un chiste de todo lo que se dice, ese mismo que cae bien los primeros días y luego se posa con sus comentarios sobre tus hombros como una carga pesada, incomoda y punzante.

Le costaba mucho olvidar, sobre todo las cosas vánales, esas conversaciones típicas de oficina en las que inesperadamente terminabas cruzándote de palabras con la persona menos indicada y creando una atmosfera tórrida. Eran cerca de las 6 de la tarde y el tiempo de marcharse había llegado, gozando de unos pocos privilegios gracias a su puesto, recogió su computadora, la guardo en el morral informal que siempre usaba y se retiró de la oficina. No sin antes despedirse amablemente de todos los compañeros.

Había un auto esperando por él, existía en la empresa un pequeño servicio de transporte hasta el centro de la ciudad. La planta quedaba retirada en la zona norte, y dado a todo el cumulo de normativas que protegían al trabajador en caso de accidentes en los recorridos: trabajo hogar y viceversa, se había decidido minimizar los riesgos implantando dicha prestación. La asistencia era bastante buena, pero un par de conductores venían ya pasados de vueltas, con corre corres entre la planta y la ciudad, que dejaban en sus miradas el rastro inconfundible del cansancio.

El servicio estaba incluido hasta el centro. A la parada central del subterráneo. Una estación un poco conflictiva pero practica, desde donde partían cual telaraña trenes a cada dirección posible de la ciudad; norte, sur, este, suroeste, centro-sur y así. La red Era bastante grande, identificadas por colores letras y dibujos, la línea verde estaba típicamente vacía, era una ruta que se adentraba en una zona industrial en la mayoría de su trayecto, por consiguiente el viaje de vuelta a casa era cómodo. Se realizaba en contra de la mayoría.

Bajó las escaleras mecánicas impulsado por la ansiedad de no quedarse esperando y ver como lentamente se acercaba al final de la misma. Bajó los escalones como lo hacen los adolescentes y al llegar al final se felicitó por su buen estado de salud, no se sentía cansado y no le dolían las rodillas. 

La Estación de tren era particularmente ancha, por arriba de ella cruzaba perpendicularmente una amplia avenida. Había que cruzar toda la estación para lograr salir al otro lado de la misma, durante la construcción del metro se aprovechó para hacer un paso bajo nivel que ayudara a la circulación peatonal y la verdad se usaba bastante.

La línea de trenes era de las mas nuevas, de eso de mediados de los 90’s con un poco mas de luminosidad y tiendas internas. No había terminado de caminar hasta la altura que solía hacerlo cuando una típica mujer le llamo la atención. Estaba vestida de calzas negras  y chaqueta marrón, llevaba un pequeño morral en la espalda y el celular de gran formato en la mano. Pensó un poco en cómo habían cambiado las cosas de celulares mínimos a celulares de grandes pantallas. Algo inusual lo saco de sus pensamientos sencillos.

Observó con mayor detalle a la mujer que acababa de dejar tras de sí; ella caminaba peligrosamente sobre la franja amarilla del andén, esa franja amarilla que indica el fin del piso firme y el comienzo del túnel del tren. Daba pasos como de pasarela, colocando un pie exactamente delante del otro, caminando justamente por todo el borde. La mujer tenía el celular tomado con su mano izquierda y caminaba de norte a sur con su brazo derecho extendido sobre el túnel del tren.

Los audífonos en su cabeza, de esos grandes que se han puesto nuevamente de moda, y el movimiento de su cabeza la identificaban fácilmente distraída, sus pasos inseguros eran gravemente peligrosos. Con su pulgar manejaba el celular de a toques mientras cerraba sus ojos y cantaba. Se detuvo, no pudo avanzar más. No caminó hasta donde lo hacía por costumbre, justo donde abrían las puertas del tren, el miedo se apoderó de su mente y su mal día de trabajo pasó lentamente por su mirada. Desde su espalda, una tímida brisa fresca, empujada por aquella pared metálica en movimiento, le advirtió que el metro estaba acercándose.

No dejó de mirar a la mujer por un instante, observaba cómo se alejaba en sentido contrario al arribo del tren y cómo cada vez sus pasos  se hacían más intrépidos y arriesgados.  Ella empezó a poner media planta de su pie fuera del suelo balanceándose a su derecha e izquierda. Sin darse cuenta, él no sólo la siguió con la mirada, sino que sus pies avanzaron a un lento ritmo en dirección a la chica, estaba preocupado, ansioso.

Buscó apoyo en la estación mirando a su alrededor 180°,  pero el par de personas que se encontraban estaban tan inmiscuidas en sus asuntos, que no sabían que estaban acompañados. Un pequeño zumbido, casi mudo he imperceptible, le susurro a su oído izquierdo que el tren estaba más cerca. Tenía unos pocos segundo, así que aceleró el paso y buscó ponerse a pocos metros de la mujer, mientras su mente repetía para sí mismo frases como “no lo hagas”, no te lances, ten cuidado, despierta!

El chirrido de las ruedas, el metal seco de los rieles temblando ante el paso de la bestia de  doscientas toneladas, le advertían que el tren estaba cada vez más cerca a su espalda. Como el espacio se acortaba entre ellos segundo a segundo, el riesgo era inaceptable, aceleró aun más el paso y decidió que obligatoriamente tendría que advertirle a la mujer el peligro  que corría. Con una actitud decidida se lanzo a por ella.

Dio tres o cuatro zancadas largas, solo el faltaban una más para poder tomarla por el hombro y quitarla del medio del peligro. Su mente trataba de coordinar una maniobra cordial, sutil pero decidida. Se complicaba tratando de ubicar un modo de no asustar a aquella chica, mientras que daba a entender su preocupación, pensamientos como sopas de letras se vaciaron de golpe sobre su cabeza.
Ella seguía con su mano extendida y con pasos en el borde de la tragedia.

Se abalanzó sobre ella como lo hacen los depredadores sobre sus presas. Midió milimétricamente sus movimientos para evitar que él mismo la terminara azotando contra los rieles metálicos que vibraban en el fondo del túnel. En el aire y aun viendo a su objetivo el miedo lo golpeo de frente y en el corazón.

Desde el tren, el conductor sintió ese escalofrió que suele recorrer a los hombres cuando se levantan a orinar en la madrugada. Sacudió como temblor todo su cuerpo y se estremeció con el encierro que lo apretaba. En su palmarés figuraba ser el primer hombre en operar un metro en su ciudad y este era su año de retiro. Un record impecable en su hoja de vida, buenas prácticas, un centenar de pupilos y una amabilidad que no menguaba con la edad.

Ya su cuerpo le había advertido que estaba pasado de revoluciones, la vista no era la mismas y las nuevas y modernas maquinas que se instalaban en el sistema lo apartaban con sus  sistemas digitales de vanguardia. Si algo no había tenido que usar en todos estos años de servicio, era el instinto, manejar en un túnel de una sola dirección le resultaba bastante simple.

Dos temblores, una amenaza de bomba, cinco o seis paros de transporte, una inundación, dos intentos de secuestro y varias peleas en los vagones habían curtido suficientemente su carácter para saber que la prevención era la mejor arma contra el llanto de la tragedia. La ciudad es como una selva, y los usuarios, a los cuales respeto mucho, son en el fondo un enjambre de abejas. Tranquilas y calmadas en los días normales, pero dispuestas a sacar sus aguijones cuando las situaciones rebasan sus capacidades de prevención. Explicaba constantemente con sus amistades.

La sociedad, tan abarrotada y solitaria, obligada a interactuar, marcada por el odio egoísta de las individualidades estereotipadas del mundo nuevo. Cada usuario es como un hijo, debe importarte lo suficiente para satisfacerlo. Sin que esto signifique un acto perjudicial para el otro.

Esperaba ansioso el cambio de guardia en la estación próxima, unos metros más y todo esto habrá terminado, la tristeza del fin no era un problema. Imaginaba con gusto las tardes en el patio trasero de su humilde casa, cocinando asado y cuidando a sus nietos. Observaba con ansias como la luz de la estación empezaba a aparecer delante de él, en el fondo de un interminable túnel oscuro y sofocante que había sido su hogar por tanto tiempo. Cuando le preguntaban qué era él, se autodefinía como un topo de concreto.

Conocía cada curva, cada pintura, cada arruga que se dibujaba en aquella entrada infinita que nunca acababa. Así le parecía el túnel. Un túnel triste, porque no tiene final. Este túnel es siempre túnel, siempre oscuro, nunca ha conocido la luz del sol y nunca lo hará, porque está condenado a la penumbra y la humedad. Pero este túnel sabe secretos de muchos, rutinas y horarios, incluso se entristece cuando alguien no llega a tiempo y hace juego con los que van de prisa. En ciertas partes este túnel ha sido un asesino. Porque nació a costa de la muerte de varios y a partir de allí no perdió la costumbre de cobrar vidas cada cierto tiempo. Debe teñirse de rojo de vez en vez para satisfacer su propia sed y por eso atrae a confundidos, estresados y esquizofrénicos.  

Desde la sala de monitoreo, dos guardias de seguridad perfectamente uniformados del subterráneo veían con asombro la forma inesperada e irracional de cómo aquel joven se decidía a saltar a las vías del tren. Era la tercera vez en el mes que una persona saltaba en el mismo lugar,  a la misma hora, de forma bastante parecida. No podían creer que estuviera volviendo a pasar.

Accionaron ya sin esperanza el sistema de advertencia para un riesgo inminente, se veían la cara uno al otro con una expresión desencajada de asco y sorpresa. En la pantalla superior del sistema de monitoreo se veía al metro entrar a total velocidad en el tramo final del túnel antes de la estación.
La velocidad de la luz en estas ocasiones parece ser realmente lenta. Pudieron observar durante un tiempo, que pareció minutos, el foco de advertencia en el túnel. Apagado, aunque habían apretado de manera desesperada, repetitiva y simultánea, el botón que la encendía.

Con su cuerpo en pleno vuelo a través de la estación, aquel hombre vio como la chica, giraba sobre sus pies quedando cara a cara contra él. Los relojes dejaron de marchar al son de los segundos y decidieron sentarse un momento por un respiro. La chica lo miró con una sonrisa nada tranquilizadora, sus ojos eran un par de hoyos negros profundos, con gotas de sangre recorriéndolos lentamente de forma horizontal.

Se desvaneció, así como si nunca hubiera estado allí, la chica dejo de existir. En el aire pensaba lo estúpido que había sido.  Se tambaleo desesperado, sus manos no conseguían de dónde asirse y sus pies se cruzaron en direcciones opuestas. Golpeo estrepitosamente el suelo de la estación estirando las manos, buscando algo de equilibrio, una sensación de vacío lo sedujo y su cuerpo cayó de espaldas contra los rieles en el angosto túnel del metro. Aturdido por el golpe en la cabeza y con una frente sangrante abandonó sus fuerzas justo cuando los ojos de la bestia metálica se asomaban por el ovalo de la muerte.

Los guardias abandonaban su cabina con la rapidez de quien huye de sus pesadillas. Con pasos bruscos y torpes se abrieron camino entre la gente del fondo de la estación hacía el otro extremo de la misma. Uno de ellos con su gorro en mano hacía señas desesperadas sobre el borde de la estación, mientras que el segundo gritaba palabras sin sentido, preocupado por la situación que lo azotaba.

Nunca había estado en una situación así, desde que se había dedicado a esto, todo era sencillo y perfecto. Un trabajo de rutina que no era más que esperar y actuar. Sumando días con víctimas cada mes en un país diferente. Así era ella, muerta hace una década al caer por equivocación en una estación del tren. Obstinada por su desdicha y decidida a vengarse de los guardias irresponsables y borrachos que habían estado trabajando durante su desgracia. Y que no le lograron salvar la vida. Llevaba años causando infortunios en múltiples estaciones del mundo.

Pero esta noche no era igual, él no se lo merecía. Era adorable. Casi perfecto, y le recordaba de muchas maneras a su abuelo. No era justo someterlo a esto sólo por la necesidad malcriada de su venganza. En su plano distendido e irreal se sentó a pensar durante horas si lo que hacía tenía sentido alguno, mientras veía el tren desplazarse lentamente sobre los rieles.

La puerta de la cabina de mando no había sonado, él estaba allí en solitario como lo demandaban las reglas; pero la voz de una mujer le grito en su oído. Sintió un aliento frío y mentolado y el alma se le desgarró de pronto, poco le falto para sufrir un infarto a su cansado corazón.

Las palabras abrumadoras, intensas, sacrificadas, profundas, como quien grita ayuda con el último aliento, le advirtió en un idioma o dialecto que no comprendía. No entendía  las palabras que se pronunciaba, pero percibía la desesperación de las mismas.

No identificó lo que esa sombra y voz de mujer decía. Sus músculos se tensaron al punto de calambre simultáneo en cada uno de ellos. El miedo de un intruso en su cabina le puso de punta cada escaso cabello que aún le quedaba. Por acción de quien cuenta con la experiencia de años, su mano se escapó directo al posa brazos del asiento de mando, mientras que con rapidez y astucia su pie apretaba el  freno de emergencia por primera vez en su larga carrera.

“Que Dios los guarde”—fue su pensamiento, mientras pensaba en la multitud de pasajeros de a pie que viajaban bajo su responsabilidad en aquel topo subterráneo de acero y plástico. Dos o tres segundos después la luz roja de emergencia se encendía en la entrada de la estación, sin estar seguro de lo que sucedía, mientras el miedo lo consumía en su silla de chofer, un abrazo cálido lo envolvió con la dulzura de una nieta y le hizo saber que nada estaría mal.

Un estruendo imparable explotó de punta a punta en la estrecha estación de trenes, mientras el brillo de las chispas, como fuegos artificiales salían disparadas por cada extremo de los rieles que guiaban a la bestia a su destino. Unas pinzas robustas que nunca habían sido usadas se aferraron a los bordes externos de las ruedas de aquel metro francés de principio de los 90. Obligándolo a detenerse con determinación, obligación y casi por mandato. La desaceleración podría haberse medido en cualquier dimensión física posible. Pero la más ajustada a la realidad era la totalidad de los pasajeros de los 8 vagones terminando en el fondo del piso de aquel tren. El metal chirrió y se dobló sobre sí mismo. Como si se tratara de un acordeón, los vagones se apelmazaron y se juntaron en dobleces abultados.

Quienes esperaban tranquilamente el transporte sintieron un rugido atemorizante y desplazaron varios pasos en sentido contrario a las vías, apretando sus espaldas contra las vidrieras de las pequeñas tiendas de conveniencia que se apostaban en el centro del corredor. Algunas otras ascendieron las escaleras con pasos apresurados en busca de un refugio más seguro, con las manos sobre sus oídos.  Y otras, simplemente se inmovilizaron ante el temor de lo que sucedía.

Aun aferrado al posa brazos y con el pie hundido en el pedal, su cuerpo no resistió la embestida de esa fuerza invisible, pero existente de la aceleración, sus esfuerzos por mantenerse  asido al asiento fueron en vano y termino golpeando el mando de controles. Logro protegerse a medias con su brazo izquierdo. Interponiéndolo entre su cara y la consola. Pero el golpe fue seco, un aullido escapó de sus labios cuando la piel sobre su ceja se abrió, ardiendo como fuego y penetrándole el dolor a lo más profundo de su cabeza.

El zumbido seco del roce metal contra metal aturdió a los guardias de turno que corrían desesperados hacia la víctima. Vieron aparecer lentamente al tren en la boca del túnel y justo cuando se esperaban lo peor: lo vieron detenerse casi sobre el joven, en los rieles, exhalando un aliento de vapor y esfuerzo descomunal.

Desde los rieles, inmóvil y aturdido, aquel hombre pudo sentir como la temperatura de los mismos ascendía. Tal fue el calor, que sintió como sus brazos en contacto con el metal se quemaban. Un montón de chispas le abrían paso a la muerte. Justo frente a sus pies aquella imponente bestia-motor se detuvo en seco, crujiendo ante las fuerzas internas que la detenían, respirándole vapor caliente en su frente.

Desde la cabina de mando, un halo de tranquilidad puro y fresco se levantó en el aire. Perdonándose a sí misma todo lo sucedido, y abriéndose paso entre el tiempo y el espacio. Como una caja de seguridad sellada e inquebrantable. Aquel suceso pasaría a formar parte de la historia sin que nadie pudiera en realidad entenderlo.

Con la idea de que había algo más, algo que se había pasado por alto. La esperanza de una posible explicación lógica se posó sobre cada uno de los afectados en ese día y allí se quedó, esperando aquello que había sido olvidado y nunca regreso.
Jose Bertorelli

16/05/2015

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Caminata

Caminando opuesta a la pronunciada bajada, su cuerpo se encorvaba ligeramente hacia adelante buscando impulsarse por efecto de palanca y peso, sus zapatos algo desgastados se quejaban en silencio a cada paso, y sus vestidos blancos empezaban a sufrir las inclemencias del sol. Llevaba en el pelo una cola improvisada armada con una liga cualquiera.

Escurría agua de cada pliego de tela y destilaba arena con cada movimiento, la cara tostada como grano de café, sufría ante los pequeños rayos de sol que se colaban como agujas punzantes entre las palmeras posadas a las orilla del camino empedrado.

En una mano un gran bolso pesado, lleno de una cantidad inimaginable de soluciones, un bolso pensado y armado para poder apaciguar cualquier situación posible o imposible. En la otra mano llevaba fría y vacía a la soledad, ningún cuerpo cálido que sostener, aferrando sus cinco dedos a un té extraño y los “me haces falta” que pronunciaban continuamente sus labios en un murmuro casi igualable al silencio.

Cada paso era más pesado que el anterior, la boca se secaba y le raspaba la garganta, respiraba profundamente buscando llenar sus pulmones, pero solo conseguía polvo y ardor, la atmosfera era cerrada, agobiante, pesada. Sacaba fuerzas del alma para continuar su camino, se apoyaba en un bastón de sueños y se impulsaba en la esperanza del cambio.

Al final, cuando ya casi todo se perdía, cuando sintió que la base de la ladera la halaba y la haría rodar como piedra hasta el principio de todo, llego a la cima de esa pequeña montaña. Un anillo de tupidos arboles caribeños se apoderaban de los bordes de una pequeña corriente de agua, afluente seguramente del río, que desembocaba en la playa kilómetros más abajo.

Uvas de playa, aves del paraíso, palmeras y palmitos se posaban impetuosos y tenaces contra el viento del perpetuo verano que los azotaba desde el norte caribeño, un montón de otros árboles de gran follaje se amontonaban en cada lugar, erguidos buscando los rayos del sol a los que ella ahora tanto le huía.

Era un contraste de paisajes, como si todas las biodiversidades se empecinaran testarudamente a ocupar el mismo lugar, un vapor que se desprendía del suelo de tierra húmeda se le acumulaba en los hombros pesadamente y sus rodillas no lo resistieron. Fue a dar al piso estrepitosamente, la tierra húmeda y suelta, amortiguó la caída y no le dolió, su cuerpo se balanceó hacia adelante, soltó el bolso de la mano izquierda y la posó junto con la derecha en el piso para evitar caer de bruces. En el choque de sus manos con el suelo, salpicaron gotas negras y espesas, de un líquido viscoso que en el pasado le había condenado, era una mezcla de avaricia y altanería, un líquido que daba la sensación de poder absoluto y eterno.

Al recuperarse del pequeño sobresalto, y limpiarse con un poco de asco, aquel lodo aceitoso, se dio cuenta de que estaba cansada, pero que ahora podía respirar con más facilidad. Sin percatarse, al subir la mirada, sus ojos encontraron un pequeño claro en la maleza, un túnel horizontalmente ovalado que le mostraba el paisaje más allá de donde estaba, una conexión con el futuro, con el próximo camino.
Allí vio un cambio, una diferencia y pudo notar como un halo de un sentimiento ya casi muerto y olvidado se posaba sobre la boca de su estómago y cómo esta sensación jugaba tentadoramente con robarle un bosquejo de sonrisa. Miraba al pasado en su mente y al futuro con sus ojos, se encontraba en la posibilidad de comenzar de nuevo.


Desde allí veía al valle de Caracas y esa luz de esperanza que renacía aquel 6 de diciembre de 2015, el nombre de aquella chica era Venezuela con toda una vida por delante. 

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